Varios autores refieren la conformación de una crisis del modelo neoliberal. Existen fuertes síntomas que sustentan este diagnóstico, entre ellos: la emergencia de movimientos sociales con rasgos antagonistas, el ascenso de las izquierdas y la erosión de la credibilidad del desarrollismo. Este debilitamiento no implica que el modelo haya caído en desuso, por el contrario, una segunda fase está en curso, comandada ahora por los gobiernos progresistas (Zibechi, 2009a; 2009b).

El objetivo de este breve texto es exponer sucintamente cuál es el origen de este modelo, mismo que constituye el marco macro de las tendencias económicas, políticas y sociales que han configurado las trayectorias de la mayoría de los países del planeta desde la década de los ochenta a la fecha. Tomé como base para esta narrativa los trabajos de Veltmeyer y Petras (2015) y de Modonesi (2008).


Para un estudio profundo de la historia del Neoliberalismo recomiendo la lectura del texto clásico de Harvey titulado «Breve Historia del Neoliberalismo».


Cabe recordar que el marco del neoliberalismo es el capitalismo, el cual, debemos entender, como un sistema operativo en constante evolución. Su fase inicial, referida por Marx como la etapa de «acumulación originaria», comportó la transición de una sociedad agrícola tradicional precapitalista a un sistema capitalista industrial moderno. Durante ese período los productores directos fueron separados de sus medios de producción y proletarizados.

La siguiente fase, el imperialismo, estuvo marcada por una consolidación de los mecanismos de acumulación de la riqueza, el sistema logró asegurar las condiciones necesarias para el desarrollo capitalista posterior de las fuerzas de producción, incluyendo el acceso a las tierras, la mano de obra y los recursos naturales. La libertad económica irrestricta de las fuerzas del capital desató una crisis sistémica -La Gran Depresión-. Para sostenerse, el sistema tuvo que moderarse. Así, dio inicio la etapa del Estado de Bienestar, descrita como una domesticación del capitalismo.

El sistema recurrió al Estado para movilizar a las fuerzas de producción y para sobrevivir a su propensión a la crisis. El nuevo sistema sufrió, a su vez, un cambio que cobró forma al desmoronarse el imperio europeo dirigido por los británicos. El carácter que adquirió fue el de un orden mundial liberal -el sistema Bretton Woods-, caracterizado por el establecimiento del conjunto de reglas necesarias para gobernar el comercio internacional y un proceso de desarrollo basado en la explotación de un suministro ilimitado de mano de obra generado por el desarrollo capitalista de la agricultura.

La sustitución de una fase capitalista por otra, no significa que las fuerzas y estructuras que se encumbraron en la etapa precedente se extingan definitivamente en los períodos posteriores, en ocasiones permanecen en las siguientes evoluciones, teniendo un grado de participación variable en los desarrollos en curso. De esta forma, en la era que siguió al Estado capitalista benefactor -en la década de los setenta-, el imperialismo y el Estado, de una u otra forma persistieron.

Veltmeyer y Petras (2015) consideran, a diferencia de los exponentes de la teoría del neoimperalismo, que el imperialismo, como proyecto geopolítico de dominación mundial, aún continúa ejerciendo una influencia considerable sobre las dinámicas del capital. En parte, este posicionamiento coincide con el de Dierckxens (2012), sobre la coexistencia de diferentes grupos capitalistas -que sostienen proyectos de dominación de distingo signo- en disputa por la hegemonía dentro del sistema.

El período que tuvo lugar entre las décadas de los setenta y noventa marcó en América Latina el fin de un ciclo histórico de luchas políticas y sociales (Modonesi, 2008). Particularmente intensas durante la década de los sesenta, las formas del conflicto fueron reprimidas hasta su inmovilización durante los ochenta. El triunfo del capitalismo se caracterizó por el «militarismo» como plataforma y, por el «electoralismo» y el «neoliberalismo» como pilares. En conjunto, esta operación de represión desembocó a escala regional en un reordenamiento «conservador» anclado en el miedo que perduró alrededor de quince años. La base de la dinámica económica neoliberal fue el estímulo a las privatizaciones, la apertura de los mercados nacionales y las desregulaciones (Zibechi, 2009a).

Las primeras fisuras en la época neoliberal se produjeron en 1994; después de una década de despolitización y dispersión, los movimientos sociales volvieron a adquirir tintes políticos. Adoptaron un perfil antagonista al neoliberalismo y se declararon en contra de la subalternidad. A finales de de esa década los conflictos y luchas contra los excesos de la nueva dinámica económica fueron en aumento. Al inicio de este siglo, los movimientos populares lograron provocar la caída de los gobiernos neoliberales de varios países sudamericanos. A pesar de las embestidas que sufrió la dominación neoliberal, esta no se ha resuelto a morir; la pérdida del consenso no la ha borrado, persiste con fuerza y; ya cerca del final de la segunda década, está recuperando terreno en la arena política.

Christian Cruz Castro

Referencias

Dierckxsens, W. (2012). Crisis y sobrevivencia ante guerreros y banqueros. San José, Costa Rica: Editorial DEI.

Modonesi, M. (2008). Crisis hegemónica y movimientos antagonistas en América Latina. Una lectura gramsciana del cambio de época. Contracorriente. Vol. 5, No.2, Winter 2008, p. 115-140.

Veltmeyer, H. y Petras, J. (2015). El Neoextractivismo. ¿Un modelo posneoliberal del desarrollo o el imperialismo del siglo XXI?. México, D.F.: Crítica.

Zibechi, R. (2009a). Progresismo y neoliberalismo. Recuperado de: http://www.jornada.unam.mx/2009/07/17/politica/015a1pol

Zibechi, R. (2009b). Los ciclos de los movimientos sociales. Recuperado de: http://www.alainet.org/es/autores/ra%C3%BAl-zibechi


A manera de posdata, agrego el siguiente video, en el que David Harvey discute los efectos del modelo neoliberal, en suma, la producción de la mayor desigualdad de ingreso en la historia de América.